sábado, 12 de enero de 2008

Nathaniel, monje vagabundo

Bueno, el año pasado me inicie en el Rol vía internet en Neverwinter, en un simpático servidor denominado Isla de Grifos, donde creé un personaje atormentado y extremadamente recto en su forma de ver la vida. Quizás demasiado rígido, pero mi afán por llevar la interpretación del L/B al máximo, le hizo granjearse muchos amigos, si bien, alguna que otra antipatía (on rol, obviamente). Desgraciadamente, mis patéticos intentos de aprender japones aparcaron una afición tan gratificante, aunque también tan absorbente. El personaje, Nathan, tenia un preludio. Y como ya hice antes, lo publico aquí para compartir con todos vosotros.

Nathaniel... Nathan por abreviar, era el hijo recién nacido de unos campesinos a los que nunca llego a conocer. Un grupo de bandidos paso por la zona, asesinando a su padre y a su madre, que se encontraban solos, trabajando su campo. Por fortuna, el bebe había sido confiado al cuidado de una vecina aquel día, para poder jugar con niños de su misma edad.
En su comunidad, un pequeño pueblo cercano a Darromar, capital del reino de Thetyr. En su pequeño poblado, tan pequeño que no tenia nombre, existía un viejo monasterio de hombres sabios que dedicaban su vida a la meditación, la agricultura, y el culto al prójimo. Estaban al servicio de la comunidad y la comunidad les proporcionaba algunos productos o alimentos. Vivían en buena simbiosis, y al encontrarse con un huérfano tan pequeño, de apenas dos años, decidieron que los monjes podrían cuidar de el. No en vano, prácticamente todos los novicios eran niños abandonados o huérfanos.

La Orden del Camino Recto fue el hogar del pequeño Nathan, y allí encontró un entorno, en el que el respecto a la ley, la búsqueda de la justicia, la ayuda al necesitado y la persecución del bien común eran las metas a alcanzar para discurrir su propia vida a través del sendero recto. A pesar de tratarse de una orden diminuta, debido a su ideal de no hacer proselitismo estaba limitada a aquel monasterio, algo a lo que Natham siempre se opuso en su revoltosa adolescencia. Opinaba que la única manera de cambiar el mundo era expandir el mensaje de la orden y crear nuevos centros de educación, entrenamiento y meditación por todo Faerum.

El maestro de la orden, cuyo titulo honorifico era simplemente El Anciano, entrenaba a todos los jóvenes una vez iniciados sus votos, dejado atrás el rango de novicio. La orden afirmaba que el camino recto se hollaba con un espíritu recto, una mente cultivada y un cuerpo sano, como las tres patas de un banco que lo mantienen en pie. No creen en la violencia como solución a los problemas, pero si como sistema de autodefensa. De nada sirve promulgar la paz si uno no vive lo suficiente como para hacer ver a sus agresores lo confundido de sus actos.

El motivo por el que la orden era tan discreta era un objeto que tenían en custodia. Nathan fue conocedor del objeto, no de su naturaleza pero si de su existencia, y habló mas de la cuenta. Unos meses mas tarde, un emisario llego una noche a hablar con el viejo maestro. Nadie supo de que hablaron, pero el emisario intento asesinar al maestro después de una violenta discusión. El maestro se defendió, pero el emisario se suicido antes de poder ser interrogado.

Una semana mas tarde, también por la noche, no fue un emisario, sino casi un ejercito el que llego por la noche, sin avisar. Arrasaron en poblado y atacaron el monasterio. Nathan lucho junto a sus hermanos aterrado y vio como asesinaban a todos, tumbado, debajo de un cadáver, debajo del cual no se atrevió a salir hasta pasado un dia entero, hasta que todos hubieron salido.

La culpa le pudo y huyo. Consiguió algo de dinero y se lo gastó en una vida malsana en los puertos de Calisham, en una vida ociosa que duro algo mas de un año. Poco después, llegaron noticias de una nueva isla, y no las dio importancia. Pero comenzaron las visiones en las que su maestro se le aparecía. Le perdonaba por sus actos y le encarecía a regresar al camino recto. Le indicaba que debía ir a la isla, perfeccionarse como monje y refundar la orden. Le confeso que siempre pensó que tenía razón, pero que no quería dársela para no confundir su juicio juvenil.

Nathan consiguió dejar la bebida y la mala vida. Trabajó como estibador y consiguió un pasaje para la nueva isla. Su maestro le indico que debería perfeccionarse antes de embarcarse en una búsqueda en dicha isla, una búsqueda de "algo", que aun no podía revelarse. Algo que le llevaría a fundar la orden de nuevo sobre bases tan poderosas como lo eran anteriormente. Y cuando lo hubiera hecho, estaría en posición de aplicar justicia y reparar el daño, castigando a los culpables.

Por tanto, el objetivo de Natham en la isla es coger experiencia como Monje, comprar unas tierras, construir un dojo con dependencias para la meditación y la vida en común de los monjes, y refundar la Orden del Camino Recto. Pero antes debe convertirse en un maestro y encontrar "algo" en la isla...



Memorias del caminante

(comienzan ahora la narración de las aventuras de Nathan de forma autobirográfica y novelada... por tanto, omitirá algunas cosas)

Inspirado por las visiones de mi maestro, no se si generadas por el sentimiento de culpa o por otras causas de mayor trascendencia, he decidido que si finalmente tengo éxito en la tarea que me he impuesto, es posible que el relato de mis vivencias hasta culminar mi labor puedan inspirar en un futuro lejano a generaciones de nuevos monjes de mi orden.

Mi nombre es Nathan y soy el ultimo de los caminantes del sendero recto. Mi orden fue aniquilada por un enemigo que aun hoy me resulta desconocido y que debo confesar, para mi vergüenza, que consiguió cuanto necesitaba saber gracias a un desliz ufano en el que caí, presa de los orgullos de la adolescencia. Sirva pues de advertencia a los lectores cuidadosos. Piensa antes de hablar.

Mi orden custodiaba algo de gran valor, algo que no fui capaz de identificar, pero algo que fue suficiente para que un ejercito pusiera sitio a un simple monasterio de hombres santos dedicados a la meditación y a la contemplación. Aun a pesar de nuestras depuradas técnicas de lucha y perfeccionamiento marcial, nuestros cuerpos no fueron rivales para las flechas, para las espadas y los centenares de hombres que llegaron con la oscuridad.

Sobreviví gracias a mi terror, que me obligo a fingir mi muerte y a esconderme bajo una montaña de cadáveres, a la que el enemigo pego fuego, pero minutos después de su partida, una llovizna primaveral tuvo a bien apagar. Me mantuve en esa posición un día entero antes siquiera de atreverme a sollozar. Cuando lo salí, comprobé que era el ultimo de mis hermanos, que nadie mas había sobrevivido. Pero daba igual, porque la culpa arrasaba mi alma. Emigre a los puertos de Calisham y me alejé de la senda del camino recto, durante un largo año.

Fue en mi momento mas oscuro, perdido en vicios, alcohol... habiendo roto todos los votos que realice de novicio, cuando comenzaron los sueños. Unos sueños que al principio descarte como simple nostalgia. Pero cada vez fueron mas nítidos, y sus mensajes, mas coherentes. Sus protagonistas, mas conocidos. El Anciano se me apareció una noche, apremiándome a regresar a mis tierras, y después de muchas noches repetida la misma visión, empaque mis cosas y regrese al hogar.

Allí ya no quedaba nada. El lugar fue declarado maldito y la gente lo rehuía, de tal forma, que el camino que llegaba al antiguo poblado cercano al monasterio, también arrasado, se había poblado de hierbas y matojos, siendo casi invisible para un visitante ocasional. Mi fortuna era que la zona era mi lugar de juegos en la niñez, y pude llegar a la zona, donde el recuerdo y los maderos requemados eran el único testimonio de la tragedia.

Acampe en mitad del dojo, nuestro campo de entrenamiento, pero aquella noche no soñé nada, ni nada paso. Durante una semana, mis actividades se limitaron a buscar cadáveres durante el día, enterrarlos por la tarde, y acudir al lecho con tanto cansancio que en ocasiones despertaba a unos metros de mi catre, habiendo caído rendido ante el.

Pasado el tiempo suficiente para haber dado una sepultura conveniente a los huesos de mis hermanos y vecinos, y otro tiempo igualmente notable dedicado a la meditación y la paz, en vista de que nada sucedía, decidí que aquel sería el ultimo día que permanecería en el lugar. Cuando me disponía a meditar durante la tarde, un cuervo se poso frente a mi, a unos metros, y comenzó a graznar, interrumpiéndome. Al principio no le di mayor importancia, pero interrumpía mis ejercicios, y el ave comenzó a irritarme. Finalmente me levante, y piedra en mano lo perseguí. Pero se comportaba de forma rara, no echándose a volar aunque podía, pues no mostraba signos de estar herido. Finalmente, el ave se poso entre las hierbas mas altas, y acudí con sigilo con intención de acallar su estridente canto. Pero al llegar al lugar, no halle ave, sino huesos y los restos requemados por el sol y desgarrados por las alimañas del cadáver de un anciano. El Anciano.

Cargue lo que quedaba de su cuerpo hasta el templo y busque el lugar mas adecuado para enterrarlo. Finalmente, pensé que el lugar donde yo descansaba día tras día, el dojo, era el mas adecuado. Excave en su centro una tumba profunda, y cuando creía finalizada mi labor, una ultima palada golpeo en metal. Extrañado, proseguí mi labor hasta desenterrar un pequeño cofre, muy humilde y sin candado. En su interior, cuidadosamente depositado y rodeado de unas hojas grandes de una planta venenosa abundante en la región, sin duda para ahuyentar a insectos y roedores, descansaba un libro de aspecto antiguo, pero solido. Sin titulo, narraba los orígenes de mi orden, asi como normas, medidas, utensilios, uniformes, armas y técnicas de lucha. Era la herramienta perfecta para un plan que apenas había comenzado a forjarse en mi interior.

Allí, dentro del cofre, deposite los huesos del maestro, y a gran profundidad, lo enterré. Dormí, agotado por el esfuerzo, a pocos metros de su tumba, y esa misma noche, acudió a mi una visión fue tan clara que aun hoy dudo de que realmente fuese una visión.

Desperté por la noche, o al menos eso me pareció. Camine por los restos de mi monasterio, ayudado por la memoria, la oscuridad y algún madero que aun se sostenía, lo que en conjunto me permitía evocar su antiguo aspecto. En mi sueño realidad y recuerdo compartían un sitio, y a veces me parecía ver candiles encendidos, paredes de madera y papel, suelos crujientes y suavizados por los años, llegue a escuchar voces de hermanos practicando en el patio, o los rezos del Hermano Maestro dedicado a la meditación. Continuaba mi avance por el recuerdo del templo, y comencé a cruzarme con algunos de mis hermanos, los que un día lo fueron. Pero ellos no me veían. La visión de sus rostros fue dura y llore desesperado, pero en la visión no había un sentimiento de pena, sino de esperanza, lo que me permitió llegar a la calma. Parecía el recuerdo de una fiesta. Finalmente, mis pasos me encaminaron a la celda del Anciano. Allí ya no distinguía mi visión de lo real, y parecía tan nítido que incluso sentí el tacto de la madera nueva y pulida al descorrer la puerta a un lado y adentrarme en la habitación. El Anciano, rodeado de inciensos y velas me invitó a sentarme frente a el. Embriagado por los olores, obedecí y escuche lo que el anciano tenia que decirme. En ese momento, desperté, con las primeras luces de alba. En mi sueño la conversación con el Anciano fue larga y densa, pero mi mente había olvidado gran parte. Solo unas ideas principales quedaban intactas en mi memoria.

La Isla de los Grifos. Algo escuché, cuando me dedicaba a la mala vida, de su descubrimiento. Un lugar peligroso, sin explorar, reclamando colonos. Alli era donde debía dirigirme.
El libro, la herramienta que necesitaba y que debía guardar, porque me serviría en mi misión.
Encontrar algo en la Isla. Algo poderoso, no recuerdo si objeto, hecho o persona. Ese algo me ayudaría en la refundación.
Refundar la orden, la Orden del Camino Recto.
Y finalmente, alcanzar la maestría. Cuando eso ocurriese, debería partir a castigar a los culpables de los crímenes de la noche aciaga en que mi orden desapareció. Cuando estuviese preparado, el maestro me diría sus nombres y sus motivos, lo que me ayudaría a hacerlos reos de la justicia de los hombres y de los dioses.

Mi camino volvía a ser nítido, al menos en sus primeros metros, y mi primera parada era clara. Ir a la Isla de los Grifos. Trabajar duro para caminar por mi senda, lo mas recto posible, y convertirme en Maestro. Encontrar ese algo que me ayudará en mi misión. La misión de refundar la orden. Y una vez refundada, hacer honor a los caídos reclamando la justicia que sus huesos reclamaban.

Empaque mis escasas pertenencias, rodeando con sumo cuidado el preciado libro de la orden, y partí hacia un puerto donde poder embarcar.

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