miércoles, 5 de marzo de 2008

La sonrisa del payaso (relato)

El público reía presa casi del histerismo. El gran payaso Dadiou ejecutaba sus clásicos del absurdo, por los que una vez estuvo a punto de ser muy famoso. La levita que en realidad era una silla, el saxofón ducha y la margarita cantante. Y los niños... desde el público sus risas se vertían hacia el centro de la pista, mucho más agudas y cantarinas que las de sus padres. Aquellas otras eran risas roncas, amortiguadas y cínicas. Los niños reían con la naturalidad de la novedad, de lo inesperado, del disfrute por lo simple.

Hubo un tiempo en que a Dadiou, aquellas risas le daban la vida. Significaban un placer más profundo que cualquier otro conocido por una amarga vida de caravanas sucias apestando a maquillaje y cerveza usada, noches solitarias mirando viejos carteles ajados y mujeres monstruosas que aceptaban cualquier caricia con agradecimiento. Sin embargo ahora... ahora Dadiou representaba su papel y se ayudaba del maquillaje para parecer feliz y disimular la mueca de odio, de ira, de rabia, que le torcía el gesto, que arrugaba las comisuras de los labios, que le estrechaba el contorno de los ojos. Sus sueños yacían en el polvo de la pista, entre el olor a estiércol de caballo y sudor, pisoteados por sus grandes zapatos. Y las risas de los niños le sonaban como burlas demoníacas salidas de una pesadilla del Bosco. El olor a mantequilla rancia y reciclada que venía del puesto de palomitas lo enfermaba. La música, eterna fanfarria de promesa de un éxito que nunca llegó, era la repetición de sus días, eternos, sin ver ningún lugar más que un trozo del paisaje a través de la gran puerta de acceso a la carpa.

Las manos le sudaban dentro de unos guantes que eran varias veces más grandes de lo necesario. Notaba como la carne se le encallecía por la humedad, mientras un persistente picor, fruto de un hilo suelto dentro de su traje, atraía irremisiblemente su atención hacia las ingles, obligándole a esfuerzos conscientes para controlarse y no rascar sus partes ante el público asistente.

Estaba en lo mejor de su actuación, y quizás demasiado sobrio o demasiado distraído en sus negros pensamientos. Un "duendecillo", Antoni, el siniestro enano acondroplásico que contrataron hacía tres años y que pasaba las noches en compañía de sus falsos hermanos y muchachas menores de edad a las que compraba gracias a su floreciente negocio de tráfico de hachis, le acababa de atar sus cordones bajo la silla. El no se había dado cuenta, daría tres pasos cortitos, al ritmo alocado que marcaría un violín, uno electrónico sacado de la caja de ritmos, y con el toque de batería, impactaría su cara en la tarta gigante, poniendo final a su actuación entre carcajadas y una mezcla en la boca de empalagosa crema pastelera y nata ácida pasada de fecha.
Y un olor que no se quitaría hasta después de tres duchas.

Dio un paso... dio dos... era el tercero, ¿no? Se dejaba caer al tercero... Era el tercero... estaba seguro.

De lo que paso luego, solo recordó lo que le contaron. Despertó con sabor metálico en la boca, mirando hacia arriba con la cabeza reposando en unos muslos tibios, mientras Anetta, la trapecista húngara, hermosa y amable, su mejor amiga, le abanicaba con el cartón plegado de un cubo de palomitas y limpiaba su nariz y su cara con un trapo húmedo que enjuagaba en un cubo de agua fresca.

- Buen golpe diste -su dominio del idioma no era el mejor.
- ¿Que... –tenía la lengua dolorida y la notaba hinchada. Ladeando a un lado la cabeza escupió una saliva muy rojiza- ... que pasó?
- Caíste antes de tiempo... tu cabeza da con suelo y no en tarta. Entonces tú rompe nariz y todo sangre.

El maquillaje de Anetta alrededor de los ojos estaba movido. ¿Había llorado? ¿O solo era sudor?

- ¿Actuaste ya?

Anetta negó con la cabeza, moviendo su larga melena rubia a ambos lados de su esbelto cuello forrado en cuero blanco.

- No, Victor dice que espera aquí contigo hasta que despierta. María me sustituye.

Victor, el jefe de pista. Lo más parecido que tenía a un amigo. Un perdedor, como todos los que allí habían terminado, pero el que mandaba entre todos los perdedores. El jefe de la montaña de escombros de vidas.

- ¿María? Pero no está lista... tu dijiste -la cabeza aun le daba vueltas, pero se incorporó de todas maneras... era frustrante sin poder mirarla a los ojos... o el resto de su cuerpo, pues llevaba puesto el minimalista traje de la actuación que finalmente no ejecutó-... ufff... tu dijiste el otro día que tu hermana aún es joven para hacer el salto sin red.
- Pero Victor dice que pongan red. Y ahora hacen número con red. Alex y María.

María y Alex, el marido de Anetta ya eran compañeros de otra clase de ejercicios, y todos lo sabían. Anetta no era una excepción, y no pudo evitar morderse el labio fugazmente, porque aunque Alex le pegaba, bebía en exceso y la trataba como a un trapo, ella aun seguía con el, y a su modo, le quería. El amor tendrá siempre esas cosas. Es estúpido, tozudo y algo suicida. Si Anetta hubiese visto a Alex con los ojos que lo veía Dadiou, entonces se habría dado cuenta de que su vida había sido, en lo que a los seis años anteriores se refiere, un fracaso.

Anetta no pudo tener hijos jamás. En aquel momento tenía 26 años y su marido le reprochaba la circunstancia constantemente. Algo que, por otro lado, se derivó de un accidente que provocó Alex estando borracho durante un ensayo. Anetta cayó y se fracturó la cadera. Desde entonces acusaba una levísima cojera que disimulaba contenida en un seductor movimiento de trasero al andar. Pero su matriz quedó dañada durante la intervención quirúrgica.

Además, estaban las cicatrices. Casi invisibles, pero lo suficientemente claras y acusadoras como para que las pocas ocasiones en que Alex quería hacer el amor con ella, tuviese que ser a oscuras. Anetta se lo confesó todo una tarde, borracha y llorando. Aquella vez se durmió en la caravana de Dadiou. Alex estaba en la ciudad, de putas. Nadie se enteró. Pero tampoco había en realidad nada de que enterarse. Pasó la noche en vela, mirándola y enamorándose de una mujer que al comenzar la tarde había pretendido emborrachar hasta poder tirársela con comodidad.

Sin embargo, no pudo. Anetta interpretó el hecho de ser respetada como un signo de caballerosidad, de que detrás de la máscara de payaso había un ser humano decente, y se convirtió en su amiga y confidente.

Después de mucho meditarlo, tiempo después, Dadiou llegó a la conclusión de que aquella noche Anetta había ido a su carroza con intención de que la emborrachara y la follara. Dadiou se tocó la lengua allí donde se había hecho la herida, pensativo. Aquella conclusión era la única que explicaba la mirada que ella le dedicó aquel día al despertar, mezcla de sorpresa, indignación y una admiración sincera, brillando en el fondo de sus ojos tristes y azules.

El incomodó silencio acabó con una salva de aplausos. Recuperado ya el aliento, el payaso, con media cara aun maquillada y la otra embadurnada, trató de ponerse en pie. Anetta volvió de algún pensamiento lejano y se levantó mucho más rápido.

- ¡Pero no moverte! –exclamó mientras intentaba que Dadiou volviese a sentarse, sin éxito- Victor dice ahora que todo acaba lleva hospital para que miren nariz.
- Nah... mi nariz está bien cariño –le dijo pellizcándole el moflete, de último demasiado delgado, consiguiendo arrancarle una sonrisa-. No se ha roto, es solo el golpe. Me voy a lavar y estaré en mi carromato, a ver que ponen en la tele.

Ella no dijo nada. Solo redujo su sonrisa, al tiempo que levantaba un gesto triste en los ojos. Entendía la invitación, la misma que Dadiou le hacía de vez en cuando. Su tristeza en los ojos era un rechazo que ella era la primera en lamentar. Aguardando la respuesta dos segundos más de lo debido, Dadiou se alejo con pasos vacilantes.

Se escabulló entre las lonas por la zona de espera de los números que estaban por entrar. Uno de los caniches amaestrados de Margot se desfogaba con una de sus compañeras de reparto junto a las pelotas inflables y los tubos de equilibrista. La voz de su dueña llegaba no muy lejana, y parecía que estaba acompañada. Solía ser cliente habitual de Antoni, que hacía una excepción a su pedófila obsesión con Margot, posiblemente debido a las voluptuosidades de la madurita domadora francesa.

Dadiou le había mentido a Anetta, como tantas otras veces que le quería evitar preocupaciones o disgustos. Su nariz no parecía rota, pero el golpe le había dejado un terrible mareo que ahora que estaba lejos de su vista, no se esforzó en ocultar. Tenía que agarrarse a todo cuanto podía, apoyarse en las cordelerías que afianzaban la carpa hasta salir al exterior. Y una vez allí, todo estaba oscuro, a excepción de la luz de las farolas del polígono en el que quedó instalado la noche anterior el "Gran Circo Internacional".

Tardó un rato en recordar donde se encontraba su caravana, porque cada semana era una ciudad nueva y la posición que cada uno tomaba en el campamento solía atender más a la improvisación que a un plan establecido. Avanzó palmoteando una caravana detrás de otra, a veces ocupadas, a veces vacías, hasta llegar a su vieja casa rodante. Cuando consiguió tumbarse en la cama, el sueño le arrebató la conciencia tan rápido que después no tuvo conciencia siquiera de haberse tumbado.

Cuando despertó habían transcurrido dos horas. Su ropa y sus sabanas estaban manchadas con sangre, no mucha, pero lo suficiente como para que al día siguiente hubiera de llevar sus sabanas a la lavandería. De su nariz cayeron restos de sangre seca, pero por lo demás, la hemorragia parecía haber cesado. La almohada también presentaba manchas, no solo de sangre sino también de maquillaje. Detestaba quedarse dormido sin desmaquillar. La piel le escocía y las manchas que dejaba sobre la ropa eran muy difíciles de eliminar. Con pereza se puso en pie y se sentó a su mesa de maquillaje, extrayendo trozos de algodón de una vieja lata dorada de aceite de oliva, y derramando sobre ella un líquido de penetrante olor, que le hizo arrugar la nariz.
Dos horas... la función ya debía haber terminado.

Afuera estaba aun más oscuro.
"Entonces sí que ha terminado la función", pensó.

Miró por la ventana, mientras dejaba a su mano experta que fuese retirando el maquillaje con movimientos aprendidos de la rutina. Miró al espejo solo de vez en cuando, mientras su rostro iba apareciendo por debajo de una capa de manchas de color. Una cara madura con arrugas de expresión y la nariz levemente hinchada. Un pelo en franca retirada de la frente, con toques de brillo blanco en las sienes. Unos ojos hundidos en el cráneo, pero grandes y expresivos.

Se lavó la cara con agua fría para terminar, pues hacía meses que el calentador se rompió, y se tumbó de nuevo en la cama, tras encender el televisor. Ojala hubiese algo que le ayudase a no pensar.

Por desgracia, era solo la misma basura de siempre. La buena noticia era que el sopor que le generaba era agradable, muy agradable, y saltando de canal en canal dio con un relajante documental sobre leones y gacelas que no tardó en irle arrastrando al sueño. O lo hubiera hecho de no ser por los golpes en su puerta. Refunfuñando se levantó y miró su reloj. No había ido del todo mal, debió dormirse finalmente, cerca de una hora. La percepción del tiempo es curiosa cuando uno se desliza y permanece en esa tierra de nadie que limita con ambos estados de la mente y que no es ni sueño ni vigilia.

El que llamaba era Victor, aun con su traje rojo de maestro de ceremonias.

- ¿Cómo va esa nariz, viejo?
- Pasa Victor.

Victor entró y buscó la silla que siempre estaba cubierta de ropa, desalojándola y dejando todo encima de la mesa con bastante cuidado. Siempre había sido un tipo muy metódico.

- Dad, si tu trabajo fuese mantener este lugar recogido, hace tiempo que te habría despedido.

Aún medio en las garras del sueño, en esa fase en la que nuestro sentido del humor aun no ha despertado, Dadiou refunfuñó y no dijo nada, al menos nada inteligible. Pero se acercó a un armario y extrajo una botella y dos vasos de cristal demasiado grandes. Sirvió dos culines de un licor de color miel y se volvió a tumbar en su cama.

- ¿Te llevo al médico?

Dadiou se tocó la nariz, roja y abultada, con precaución. Le dolía, pero parecía tolerable.

- No. Creo que no es nada. Mañana ya veremos.

Victor dio un traguito de su vaso. Nunca fue muy bebedor.

- Pudiste quedarte un rato más con Anetta. Joder tío, hago todo lo que puedo.

Dadiou solo gruñó.

- ¿Crees que ella no lo desea? ¿Crees que si tú le dijeras algo, no dejaría al mamarracho de Alex? Despierta hombre, deberías ver como te mira en algunos ensayos. Joder, se ríe como si fuera realmente feliz cada vez que repites tus payasadas. Y eso que las ha visto mil veces.
- Será que soy bueno.
- O será que te quiere. Y créeme, no eres tan bueno. Si lo fueras no trabajarías para mí, sino para cualquier otro.
- Gracias, cabrón.
- Tío, en serio. Se me ocurre que puedo llevarme a Alex pasado mañana a comprar ese generador que necesitamos. Alargaré el día todo lo que pueda con cualquier excusa, y mientras tú...
- Déjalo, ¿quieres?

Victor hizo un gesto dolido, pero enseguida recuperó la compostura.

- Eres un mamón desagradecido. Y que te quede claro que lo hago más por ella que por ti. Ella se merece un tío decente y que la trate como es debido.
- ¿Qué tal la caja? -intentando cambiar de tema.
- No fue mal. Nochebuena siempre es un buen día.

Se hace un incomodo silencio.

- ¿Cenarás con alguien? Sabes que Marta está encantada de que vengas.
- No, creo... que, que solo me quedare a dormir un rato. Estoy algo mareado del golpe.
- ¿Estás seguro?

Dadiou rememoró las cenas de nochebuena pasadas con Victor anteriormente. Los dos niños gritones, Bernard, el cuidador de las fieras, y su mujer Luisa, otra fiera, Marta, que le recibía con una falsa cordialidad, puede que aleccionada por Victor, y Laura, la taquillera, aquel año en que Victor intentó arreglar una cita entre ambos.
Y la comida de Marta, toda fritangas rebosantes de aceite de girasol requemado, langostinos congelados, cava brut semiseco de oferta y dulces de todas las variedades y en cantidades sin mesura. Lo mejor de la cena siempre fue el cardo con nueces, que al menos era fresco y muy sabroso. Pero lo demás, desde la conversación hasta la resaca, fueron siempre unas navidades que era mejor hacer a un lado.

- Sí, estoy seguro. Luego puede que... que salga tomar algo, si estoy de humor. Pero es fácil que duerma toda la noche.

Ambos apuraron sus bebidas de un largo trago y Victor, sentado junto a la ventana, miró a la calle y bajo una farola vio pasar una cabellera rubia. Parecía Anetta que iba camino de dejar un cubo de basura en el contenedor.

- Bueno, me voy. Ya me esperan, seguro, para la cena. Y oye... hazme el favor, tira la bolsa que tienes a la puerta. Ya sabes lo que me cabrea que ronden los perros por el campamento.
- Luego lo haré.
- Ahora, no seas vago. Además, así te dará el aire y te entonarás un poco.

Dadiou se levantó a su pesar. La voz de Victor siempre tuvo un tono que obligaba a obedecer. Seguro que en otra vida fue un cónsul romano, bajito, regordete y de cara simpática, pero respetado por sus legiones.

- Eres un tirano.
- Solo serán dos minutos y luego podrás volver a revolcarte en tu propia mierda -Victor había salido ya a la calle. Se abrigó mientras Dadiou salía a la calle con una ligera bata, sorprendentemente elegante, roja y negra, aunque algo desgastada.
- Bueno, hasta mañana Victor. Que lo paséis bien.
- Feliz Navidad, Dad.

Dadiou tomó la bolsa de supermercado llena de desperdicios y se encaminó hasta el contenedor que el Ayuntamiento había colocado en la campa. La luz del campamento pronto quedó atrás y le invadió la sensación agobiante de estar andando sobre un colchón, pues en la oscuridad, inconscientemente, todos sus pasos eran precavidos y esperaban el suelo mucho antes de lo debido. Junto al contenedor, iluminado por las luces de la carretera del polígono, vio a una chica rubia y su corazón dió un pequeño vuelco.

"Pequeño hijo de puta", pensó Dadiou refiriéndose a Victor. Sus pasos se apresuraron.

Pero cuando se aproximó se dio cuenta de que no era Anetta, sino María, la que en esta ocasión ha salido a tirar la basura. La reconoció aún antes de darse la vuelta, porque la joven de veintiún años fumaba, a diferencia de Anetta. Cuando lo escuchó llegar, se estremeció como un conejo sorprendido a campo abierto. Hasta que lo reconoció, y entonces tiró el cigarrillo al suelo para apagarlo de un pisotón y sonreir.

- Me asustaste.
- ¿Hacías algo malo?
- No... -se encogió graciosamente de hombros. Se parecía a su hermana, aunque sin el aire virginal y maduro que Anetta había conseguido con apenas veintiséis años. María era seductora a la forma de una mujerzuela, de una cualquiera, pero con todas sus connotaciones negativas, sus movimientos eran, a su modo, terriblemente sensuales.
- ¿Estáis preparando la cena?

María rió siniestramente y le abrió el contenedor de la basura para que él tirase su propia bolsa.
- Mira dentro -le sugirió. En el fondo del contenedor vio un par de bolsas que se habían rasgado y vertido su contenido. Copas de cristal roto, de botellas, langostinos, restos de lo que parece un estofado, salsa vinagreta... Toda una cena.
- ¿Qué...qué ha ocurrido?
- Alex. Se enfada mucho con Anetta por no haber salido a actuar hoy y rompe toda cena.
- ¿La ha pegado?
- No –sacudió la cabeza-. Aún no. Estaban discutiendo fuerte, pero creo que aún no la pego.
"Aún", piensa Dadiou.
- ¿Crees que deberíamos avisar? ¿Alex ha bebido mucho? -sus puños se crisparon, su mandíbula se cerró con fuerza.
- Alex siempre ha bebido mucho... pero no te preocupes. Su tobillo está mal y no puede correr. Anetta se irá si le levanta la mano -María, aun con sus errores, dominaba el idioma mejor que su hermana-. Pero aun tengo que tirar más bolsas, dos, y si quieres puedes acompañarme. Aunque no es bueno que Alex te viera...
Dadiou hizo un gesto interrogativo con las cejas. María río entre dientes.
- Sí... tú eres la culpa de que Alex me deje sin cena de nochebuena. Están discutiendo por ti.
- ¿Yo? Pues sí que lo siento -y tragó saliva. ¿Alex estaba celoso de su amistad con Anetta? ¿Creería que había algo más?

Se instaló un silencio entre los dos durante una docena de pasos. Luego, María, como si la molestase, sacó un paquete de cigarrillos y le ofreció uno. Dadiou negó con la cabeza.
- Lo estoy dejando.
- Estos saben bien -y tomó el cigarro que le ofrecía con los labios, mirándole seductora. Dadiou no era ningún tonto y vio claramente que María trataba de seducirle-. ¿Tú no cenas?
- Pensaba irme pronto a la cama. El golpe de la nariz me dejó algo mareado.
- Sí pobre... -y María le acarició la nariz, una caricia que hizo saltar chispas de dolor, con la mano que sostenía el cigarrillo y el humo le hizo lagrimear. Por fortuna estaban en una zona con poca luz. Nadie les vio y ella no pudo ver su erección- Cenas solo... ¿irás a la cama solo?
- ¿Es una oferta?

María no le contestó, solo le besó, un beso húmedo que empezó candido y terminó abierto y pasional. Al principio Dadiou no reaccionó y se limitó a ser el receptor pasivo de la muestra de afecto. Después no pudo evitarlo y acarició el cuerpo de María.

- ¿Tienes algo para fumar?
- Tu boca sabe como un cenicero -ella se mordió el labio, aún presa en su abrazo y le sobó la entrepierna con la misma mano que sostiene el cigarrillo.
- Entonces te gusta sabor a cenicero yo creo -dio una ultima calada y tiró el cigarrillo al suelo, casi sin empezar, y lo pisa con sus zapatillas blancas-. Quiero fumar algo fuerte, ¿tú tienes?

Dadiou asintió, comprendiendo.

- No, pero puedo conseguir.
- Bien -y lo volvió a besar, tomándole las manos y dirigiéndolas a sus adolescentes senos, pequeños pero firmes, para después separarse de él con brusquedad-. Iré a tirar resto de bolsas con basuras. Luego les miro a ver como van, y me despido de ellos. Diré que me voy a cenar con gente. Luego voy a tu caravana.
- Una pregunta María... Tú nunca me habías dirigido mucho la palabra... ¿por qué ahora?
- No sé. Navidad. O puede que quiero lo que mi hermana quiere. ¿No quieres que vaya?
- Sí, sí que quiero -a María le podría hacer todo y no sentir remordimientos. Sería solo sexo. No sería como tener a Anetta en sus brazos, como tener una bailarina de cristal y estar temiendo en cada movimiento, hacer algo o decir algo que destrozase el momento-. Sí, ven por favor.
- Iré. Tú ten para fumar. Papel y fuego, no olvides. ¿Tienes también alcohol? -Dadiou asintió pensando en la botella que reservaba para las ocasiones en que quería olvidar, un fuerte vodka blanco-. Genial, llevaré hielo. ¿Gomas? -Dadiou volvió a asentir, una caja llena, que pensó, podía estar incluso caducada-. Te veo ahora.

María se giró sin otra despedida dirigiéndose a su caravana.

Dadiou, de repente, se sentía lucido y el mareo había desaparecido. Tenía que localizar a Antoni para comprarle algo de droga y que María estuviera todo lo colocada que quisiera. El problema sería encontrarle. Quizás se hubiera ido de juerga. O estuviera cenando con sus hermanos en el pueblo. O con alguna menor. Probó suerte y se dirigió directo a la caravana de los tres hermanos (a pesar del nombre no les unía ninguna relación fraternal a los tres enanos). Por fortuna había mucha luz y se escuchaba jaleo. Dadiou tocó la puerta. No tardaron en abrir.

- ¡Qué pasó, tío alto! ¿Quieres algo?
- Eh, hola Antoni. ¿Podemos hablar?
- Joder tío, me pillas cenando - la vocecilla aguda y chirriante de Antoni jamás le había gustado. Parecía que acabara de respirar helio.
- Vengo a comprarte.
Los ojos de Antoni se abrieron con sorpresa. Un instante después, descendía de su caravana y entornaba la puerta, dejándoles a oscuras en la calle.
- Pero si tú ya ni fumas tabaco...
- Para todo hay una primera vez.
Antoni miraba a su alrededor, quizás sospechando de una trampa.
- ¿Bueno y qué quieres?
- Hachis... ¿has ampliado el negocio?
- Claro hombre, eso ya no da dinero. También tengo farlopa si quieres probar.
- No, solo hachis.
- Está bien para un novato. ¿La sabes usar? Has de abrir un cigarro, picar...
- Ya, ya... no hace falta que me expliques -a fin de cuentas, sería María quien liaría los cigarrillos-. También necesitaré papel.
- Vale, ¿cuánto?
- Suficiente para hacerme dos o tres.
- Vale... pero me pica la curiosidad. ¿Porque te dió por empezar?
- Es una noche difícil para estar solo. Quiero... quiero distraerme -y la mirada de Dadiou le traicionó, buscando con los ojos la caravana de los trapecistas, en el momento en que María sale con otras dos bolsas de basura. Ella le vió, y les sonrió, a ambos. Antoni pareció comprender y su risa fue aún más desagradable que su voz.
- Muy bien vejete... al final cazaste un buen pollito. Pero pensé que ibas tras la gallina. Ve a tu caravana y prepara mi dinero. Tendré tu material en un rato.
- ¿No me lo puedes dar ahora?
- Tengo invitados, oye. ¿Qué pretendes? ¿Que saque mi droga y la corte junto a los turrones? No seas impaciente. Ve a tu caravana y llevaré tu droga.

No muy convencido, Dadiou arrastró los pies hacia su camarote. Nada más entrar, se puso a arreglarlo todo, recoger la ropa, rápidamente arrojada en un baúl y la que no cabía, en el armario que había sobre la cama. Recoger los vasos y lavarlos en la pileta, secándolos y dejándolos junto a la botella de vodka, sobre la mesa. Después, presa de una excitación creciente, comprobó que su caja de condones seguía donde la dejó la última vez y que la fecha de caducidad no había pasado. La dejó en una mesilla. Al principio la dejó encima de la cama, pero no le gustó la obviedad del gesto, y la colocó en la mesilla, para finalmente, abrir un cajón y empujarla dentro. Se lavó los dientes, y al poco de terminar, notó que su barba raspaba, y llegó a sopesar el afeitarse... pero decidió que no es necesario. Tenía la intuición de que María era de las que agradecían ciertos detalles bruscos. Se sentó en la cama y se puso a esperar, pero inmediatamente decidió que estaría mejor si se cambiaba. Aprovechó para mudar la ropa interior, se vistió, poniéndose unos tejanos y una camisa, dejando la bata sobre su silla. Una vez escondida la ropa sucia, se sirvió un vaso de vodka y se dispuso a esperar. Las miradas al reloj se iban haciendo repetitivas y constantes.

Pasaron veinte minutos y su erección ya flojeaba. Dadiou comenzó a preguntarse si habría ocurrido algo. De repente, Anetta regresó a su mente, desalojada durante un rato por su hermana. ¿Quizás había ocurrido algo en la caravana de los trapecistas? Miró por la ventana y no vio luz alguna. Y hacia la izquierda, en la caravana de los hermanos enanos parecía continuar la fiesta. ¿Se habría olvidado Antoni? Mitad por la droga, mitad por Anetta, decidió una vez más salir a merodear por el campamento del circo. Apenas si se había abrigado y cerrado su puerta, cuando vio a Antoni llegar a su carromato, a lo lejos. Ellos no le vieron. Por que no iba solo. Con el culo cubierto por el brazo de Antoni, llegaba también María, despidiendo un humo azulado de su cigarro. Sin mucho miramiento, Antoni le abrió la puerta y la hizo pasar. Al poco, las luces se hicieron más tenues.

El dolor de los testículos fue solo ligeramente menor al de su orgullo. Antoni se sintió por igual viejo, depravado, tonto y traicionado. Por otro lado llegó alivio. Si Anetta se hubiera enterado de que se acostó con María, posiblemente habría dejado de hablarle. Después de las veces que le había contado lo humillada que se sentía porque su hermana se llevaba a la cama a su marido, el que su hermana también sedujera a su confidente y amigo sería la puntilla que acabaría con sus ya escasos nervios.

¿Y Anetta? ¿Estaría bien? La luz apagada de la caravana le sumergía en una angustia que podía paladear. Tosió un par de veces y escupió una flema espesa. Arrebujándose en el abrigo, finalmente se encaminó hacia la vieja caravana roja. Mientras, por su mente cruzaban imágenes de Anetta en las que su cara se confundía con María. Imágenes que le devolvieron el vigor antes perdido, pero se apresuró a ahogarlas en el fondo de su mente. Anetta era un objeto de adoración para el. Esas imágenes de su mente solo la ensuciaban y le hacían sentirse como un sacrílego.

Una luz se encendió cuando se encontraba a veinte pasos, y de la caravana, emergió Alex, dando tumbos. Empapado en sangre. Dadiou corrió hasta él, presa del pánico y lo zarandeo sin oposición ninguna.

- ¡Alex! ¡Alex! ¡Qué ha ocurrido, maldito seas?
Y Alex solo murmuraba.
- ¡Anetta! -gritó, pero se contuvo. Quizás no hubiera pasado nada, y estuviera montando una escena para nada-. ¡Donde está Anetta, hijoputa? -le gritó en susurros a Alex. El nombre de su esposa le hizo reaccionar, y abrió los ojos.
- Chup..pamela...

Dadiou, incapaz de contenerse, golpeó en la cara a Alex, dejándolo caer, más por el alcohol que por el golpe, en plena calle. Le hizo a un lado y entro en la caravana.

En el interior todo estaba sucio. Alimentos por todas partes, cristales rotos, cacharros esparcidos, un mantel ajado... y la sangre. Con más luz se dio cuenta de que no era mucho y respiró algo más tranquilo. La sangre manaba de un punto del cuarto, donde un charco dibujaba un rastro y luego seguía las pisadas de Alex. Una sartén caída en el suelo presentaba algún trozo de piel y manchas carmesí. Dadiou busco por la casa, llamando a su amiga, pero nadie respondió. Optó por volver fuera y llevar a Alex a ver a Victor.

Alex había conseguido ponerse en pie y andaba de forma errática, aunque no muy veloz. Dadiou le alcanzo en un par de zancadas.

- ¿Dónde está? ¿Donde está Anetta? ¿Que has hecho con ella hijo de puta?
- No...telo diré... -y siguió avanzando. Dadiou volvió a enfurecer y lo tomó por el hombro, pero esta vez Alex no se dejó avasallar y por sorpresa, le lanzó un puñetazo al torso que le extrajo el aire. Al parecer el frío de la noche y el golpe que antes le dio en la cara debían haberle despejado-. Quita tus...pu..tas manos de mí. Eres el origen de todos mis problemas. Ella no sabe más que hablar de ti, estar contigo... joder hasta sueña contigo.

Dadiou permanecía aun doblado por el golpe y apenas era capaz de procesar lo que Alex estaba diciendo. El fuerte tirón de pelo que le propino le obligó a erguirse.

- No te imaginas lo humillante que es para un hombre que tu mujer repita el nombre de otro en sueños. ¿Cuantas veces os habéis acostado?

Y la pregunta se remarcaba con un nuevo tirón de cabellos. Dadiou casi no podía creer lo que pasaba. Mientras su corazón latía con más fuerza, presa de la alegría, temía que en cualquier momento Alex sacase algún puñal con el que terminar con su vida presa de los celos.

- Ninguna...
- ¿Cuántas? -y tiró aun con más fuerza.
- Ninguna Alex. Yo no soy como tu. Y Anetta tampoco. Ella te quiere a ti.
- Seguro -y su acento de borracho recuperó terreno-. Por eso ha huido de la casa. Por eso se ha ido.

Su suspiro de alivio fue tan sonoro que se hizo audible. Anetta no había sido herida después de todo.

- ¿Le has hecho algo? ¿Le has pegado? -siguió interrogándole Dadiou mientras lo seguía a un par de pasos. Era fácil mantener su velocidad. Cojeaba ostensiblemente, pero no parecía concederle importancia.
- No... ¿No viste mi cara? yo soy la víctima... ella solo se fue corriendo, llorando justo después de partirme la boca con la sartén. Como todas las mujeres.

Al pasar cerca de una luz proyectada por una de las caravanas, vio el rastro de sangre que salía de la boca de Alex. Posiblemente algún diente roto. Ahora que se fijaba, Dadiou se dio cuenta que su forma de hablar era extraña. Sibilante. Y el labio hinchado no ayudaba precisamente. Caminó alrededor de la carpa, seguido de cerca por Dadiou.

- ¿Y tienes idea de a donde pueda haber ido?
- Ninguna... y déjame en paz. Quiero más alcohol, a mí se me acabó.
- Creo que has bebido bastante.
- Aún veo, aún puedo beber...

Había una máquina de cervezas en medio de la nada. Un farol la iluminaba cenitalmente, haciéndola aparecer como el único objeto de la llanura desolada. Estaba situada al final de un pasillo formado por las jaulas de los animales, que a estas horas, dormían, pero con un sueño bastante más inquieto y ligero que el de los humanos. Los monos empezaron a chillar en cuanto Alex apoyó su mano en la valla amarilla que separaba su jaula del público ahora inexistente, a excepción de Alex y Dadiou. Sus chillidos despertaron al resto de animales, aunque a excepción de un barrido del elefante, no hicieron señal de sentir más que algo de curiosidad.

Alex llego hasta la altura de la jaula de los leones. Dos machos jóvenes que permanecían tumbados, pero con las cabezas erguidas, mirando con indiferencia al intruso. Alex les devolvió la mirada, ceñudo y sumido en sus pensamientos de borracho. Antes de que Dadiou llegase a su altura, Alex había saltado la valla de separación de las jaulas. Dadiou corrió.

- Podría quitarme de en medio -se giró para encararse a Dadiou. Dentro de la jaula, los dos leones, ahora más interesados en la actividad nocturna, se habían incorporado, acercándose a los barrotes mientras se relamían con sus largas lenguas rosadas-. Yo antes no era así, sabes... El accidente tuvo una explicación, pero... y luego María... esa pequeña furcia... ella me engañó. Odia a su hermana.

Miró por encima de su hombro hacia las fieras, rió, y pareció recuperar la cordura. Se alejo dos pasos, hacia la valla donde esperaba Dadiou y se preparó para saltar. Dadiou apenas comprendió lo que había hecho a continuación hasta que todo hubo finalizado. Sus dos manos saltaron como un resorte contra el pecho de Alex, con gran violencia, que, en medio del salto, se desequilibró y cayó de pie, gracias a su entrenada agilidad, pero su peso estaba proyectado hacia su espalda. Cada paso en busca de la estabilidad perdida era un paso hacia atrás, hacia los leones. Después de trastabillar, su nuca golpeó con violencia contra los barrotes de la jaula, aturdiéndole. Los leones no perdieron el tiempo. Las cuatro garras aparecieron por detrás de Alex, una abrazándole mortalmente la garganta. La otra, aferrándole el muslo derecho. Alex iba a gritar una maldición, con ojos llenos de ira que miraban directamente hacia Dadiou, pero todo su aire escapó antes de llegar a su boca. Dos grandes tajos en su garganta silenciaron su rabia, y la sangre empezó a empapar sus ropas ligeras y blancas de saltimbanqui.

Dadiou contempló la escena entre horrorizado y fascinado. Las enormes lenguas de los leones ahora se deslizaban degustando la sangre por el cuerpo de Alex, que se había deslizado hasta permanecer sentado junto a los barrotes, muerto y cada vez más blanco. Una de las fieras había conseguido acercarse una de las manos, y en la oscuridad, los crujidos y astillamientos de los huesos, junto con algún pálido resplandor blanco entrevisto entre la sangre y la carne despertaron a Dadiou de su ensoñación. Tenía que desaparecer antes de que alguien descubriera el cadáver. Todos sabían o intuían que Dadiou estaba enamorado de Anetta. La policía lo descubriría y ello supondría que le considerarían responsable de la muerte de Alex...
Algo que era totalmente cierto.

Corrió en la parte de la oscuridad, dando la vuelta por el descampado del lado opuesto del circo a donde se instalaban las caravanas. Paró a vomitar en una acequia y después, ya más tranquilo, avanzó con fingida calma hacia su caravana. Mañana sería un día difícil. Además, habría que encontrar a Anetta. Volvió a pasar por la caravana de los trapecistas, pero sin éxito. Anetta no estaba ni había señales de que nadie hubiese vuelto en la última media hora. Dio una vuelta por todos los sitios que se lo ocurrió que podrían servirle de refugio. El lavabo químico que había junto al puesto de la entrada, entre bambalinas, las gradas e incluso la pista. Fue una sensación extraña la que tuvo examinando la pista. Las pequeñas luces de emergencia permitían andar sin chocar con nada, pero la sensación era lúgubre. Sentía la presencia de un publico fantasmal que se reía de él con crueldad. Era una sensación opresiva de ser juzgado por una presencia hostil. Cada paso suyo hacia crujir la tierra y le parecía que atraía los ojos de los espíritus.
“¡Venga payaso! ¡Haznos reír!”, gritaron en su mente.
Agobiado, no tardó en salir de la carpa.

Finalmente, mientras respiraba el aire de la madrugada, se le ocurrió que quizás Anetta se encontrase en su propio camarote y corrió hacia él.

Al abrir la puerta, su corazón dio un vuelco. Una figura bebía en la oscuridad, sentada en su cama. Mientras se alborozaba de alegría, su olfato daba las malas noticias. No era Anetta. Olía a tabaco. Dio la luz y se encontró con María, desnuda, con su bata puesta, abierta, fumando lo que parecía su segundo cigarro y síntomas de estar borracha. Ella parpadeó con fuerza hasta que sus ojos enrojecidos se volvieron a acostumbrar a la luz, y al reconocerle sonrió soñolienta. Dejo su vaso en la mesilla y con ambas manos le hizo un gesto para que se acercara.

- Ven. Tardaste mucho, ¿donde fuiste?
- Había ido a buscar... -se mordió la lengua-... ¿tú no estabas con Antoni? -le preguntó finalmente mientras cerraba la puerta detrás de el y se acercaba a María, como un ratón hipnotizado por la serpiente.
- Qué cielo de hombre, ¿verdad? Él me ve fuera y me dice, "ven que te doy lo que me pidió Dadiou". Entonces el me da tu pedido y dice que no te preocupes por el dinero que mañana hace cuentas contigo. Y me da además un poco de polvo por si queremos probar, y gratis. Y dice que feliz navidad para ti también.
- Antoni... -musita Dadiou con la mirada perdida, mientras María le baja los pantalones- pensé... pensé que te habías ido con el. Os vi afuera. Entraste en su caravana.
- Si, pero Antoni no me gusta. Es simpático, pero tiene el cuerpo mal. Solo fui a coger lo que encargaste.
- No esperaba verte ya esta noche.
- Si, eso... ¿tu esperabas a otra persona?
- No... en realidad no.
Hubo un tono en la pregunta de María que Dadiou no alcanzó a captar. Algo en su mente le decía que era importante. Pero sus genitales habían tomado el control de la situación y el razonamiento se había quedado en servicios mínimos.

Hicieron el amor un par de veces. La segunda vez, termino Antoni a solas pues María roncaba como un lirón cuando eyaculó. Durmieron en el diminuto catre, espalda con espalda, pero cuando Dadiou consiguió conciliar un sueño decente, aporrearon la puerta. María tenía resaca, pero aun así consiguió vestirse mínimamente antes de que Dadiou estuviera presentable para abrir la puerta. Eso le dio tiempo para entrenar su cara de sorpresa.
“¿Que Alex ha muerto? ¿Devorado?”. Eso bastaría.

- Tienes visitas a horas muy raras -Dadiou le miro confundido-. Ayer, cuando te esperaba, alguien abrió la puerta.
- ¿Viste quien fue? –Dadiou se alarmó.

María sacudió la cabeza.
- Tenía la luz encendida y no pude ver. Además, no dijo nada. Solo me miró y se marchó, ni un segundo. Por eso apagué la luz, para que no creyera nadie que había nadie dentro. Fuera quien fuera, me vio desnuda.

Dadiou asintió, no muy convencido.
- ¿Quieres ocultarte?

María se encogió de hombros.
- A mi me da igual. Solo es un polvo. ¿Estuvo bien?

Cabeceando, Dadiou se acerco a la puerta, ya algo más vestido. Fuera quien fuese el que llamaba insistía con gran urgencia.
- Hola Victor, feliz navidad.
- Hola Dadiou... ehm... hola María. Dadiou, ¿puedes salir un momento?
- Claro... -ambos salieron a la calle, mientras en su mente, Dadiou seguía entrenando una y mil maneras de sorprenderse-. ¿Que ocurre? Tienes mala cara...
- Han muerto, Dadiou...
- ¿Que ha muerto...? –le llevó un instante asumir el plural- ¿Han?
- Si... Anetta y Alex.

Tuvieron que esperar la llegada de los bomberos para descolgar el cadáver de Anetta, que pendía de su cuello a unos diez metros de altura. La única persona que la podría haber descolgado sin necesidad de llamar a los bomberos era Alex, su marido, pero lo habían encontrado parcialmente devorado junto a la jaula de los leones. Algunos policías hacían bromas sobre la necesidad de "levantar el cadáver". Dadiou deseo matarlos allí mismo. María, por otro lado, necesitó ser llevada al hospital. Fue la última vez que la vieron, pues decidió dejar el circo poco después.
La policía cerró el caso con rapidez. Anetta, con un largo historial de malos tratos por parte de su marido, lo emborrachó, lo golpeó y lo empujó contra la jaula de los leones. Luego, presa del remordimiento, se suicidó. Caso cerrado.

Una vez que los cadáveres partían para el tanatorio, Victor se reunió con todo su plantel de estrellas. Les comunicó que tenían la opción de cerrar el circo por aquel día, el día de Navidad, pero que eso supondría renunciar a una muy buena parte de sus ingresos del mes. La gente votó, y solo hubo dos votos a favor del cierre. Dadiou y Victor. Aquella tarde habría una nueva función. Después de la función, irían todos al velatorio y al día siguiente los enterrarían.

Dadiou se arrastró hasta su caravana y se sentó a su mesa de maquillaje. Esnifó las dos rayas de cocaína que Antoni le había regalado a María. Se colocó su nariz de payaso sobre su enrojecida nariz natural, y comenzó, con la confianza de la rutina, a pintar una gran sonrisa blanca sobre su alma demolida.

1 comentario:

Duneiel dijo...

Yo ya lo había leido :D