lunes, 3 de noviembre de 2008

ZOMBI: Guia de Supervivencia y Guerra Mundial Z

Querido sobrino Gobbo:

En la bitácora de hoy pretendo hablarte de un libro. Dado que es mi primera bitácora después de los hechos que han cambiado el mundo, creo que es de ley hablarte del libro que hizo posible que yo esté aquí, frente a la pantalla de mi pequeño portátil reciclado, a punto de volver a publicar en mi página, tanto tiempo después.

Recuerdo que estaba buscando otra cosa cuando lo vi. Estaba en unos centros comerciales que existían antes de la guerra. Su portada, blanca y con carteles en negro daban la sensación de ser una advertencia sanitaria de un paquete de cigarrillos. Encima del título escrito en rojo, estaban una sierra mecánica y una carabina a modo de escudo de armas. Me reí…




Me lo tome a broma, para que negarlo. Además, el que su autor, Max Brooks, fuera el hijo del memorable Mel Brooks, un cómico y director de cine, no hizo gran cosa para que le tomase en serio. Pero… ¿acaso soy yo un funcionario como lo era mi padre? Quizás el autor tenía que haber usado un seudónimo para que evitar este equivoco. Quizás así más gente habría estado debidamente preparada.

El libro hablaba de una plaga que estaba surgiendo en pequeños brotes, siempre controlados con rapidez. De hecho, al final del mismo, daba una lista de antecedentes históricos y casos registrados, desde la edad de piedra hasta fechas bien recientes, justo antes de la Guerra Z. Se la conocía como la plaga caminante. El virus que la provoca es el Solanum, pero la palabra que más rápido la definía era Zombi. Explicaba los efectos, vía de contagio, incubación y efectos "post morten". La verdad es que estaba perfectamente escrito, salvo algunas imprecisiones, acercando la materia a los profanos, pero por desgracia, profanos que no tomamos muy en serio la advertencia.

Luego llegaba la parte de cómo sobrevivir a un escenario de infestación zombi en diversos grados, alejándose de los tópicos de Hollywood, que por otro lado, tantas víctimas provocaron luego en la gran guerra, con toda esa gente tratando de emular a sus héroes de la gran pantalla.

Yo, aunque me reía con la que creía era una fingida seriedad por parte del autor, no dejaba de percibir su inquietante sentido común y coherencia del discurso. Y ciertos detalles se me grabaron, como los de que las escopetas del 12, clásico elemento de las películas de zombis, son armas penosas en la realidad para esta tarea, que difícilmente eliminan a un zombi si no le impactan de lleno y a quemarropa en la cabeza. Una simpática carabina del calibre 22, con su inocente y aparente falta de potencia, es devastadora contra los zombis debido a su estabilidad y ausencia de retroceso. Su falta de potencia se compensa porque al atravesar el hueso del cráneo, pierde fuerza y se limita a rebotar en el interior, haciendo un batido de sesos. Mas demoledor que un calibre 45, y además usa la munición mas común.


La otra arma por excelencia anti-zombies, según hollywood, también quedo rápidamente fuera de mi arsenal gracias a los sabios consejos de Brooks. La sierra mecánica es ruidosa, por lo que atrae a los zombis, es pesada, por lo que se hace difícil de manejar, necesita combustible, y lanzará montones de fluidos del zombi contra uno mismo, con lo que se aumenta las probabilidades de un contagio si estos fluidos entran en contacto con una herida abierta. Y eso si no terminas cortándote tu mismo un brazo. Por tanto, nada de emular a nuestro héroe Ash, un personaje de una saga de películas de los años ochenta.

Por el contrario, ciertas armas largas y simples eran muy recomendadas.
Recuerdo que tenía un par de katanas ornamentales de colección por aquel año, cuando comenzó todo. Ambas salían en películas preguerra, una en “Los Inmortales”, que creo que van a volver a rodarla aunque ya no será lo mismo sin Sean Connery, y la otra era sobre el último samurai, de aquel tipo mezcla de actor y telepredicador que murió en directo en un plato de televisión durante los primeros días de la plaga, cuando intentaba demostrar como su iglesia enseñaba a sus fieles a que mediante el poder de la mente uno podía hacer que los zombis no lo pudiesen ver, que todo era cuestión del poder de la mente sobre la materia. Los que lo vieron, seguro que lo recuerdan, ¿verdad? Fue muy desagradable.

Bueno, pues como decía, yo tenía dos katanas ornamentales que se demostraron ornamentales del todo. Después de afilarlas y probarlas contra un poste, me quede en ambos casos con un trozo del mango en la mano y la hoja de acero mediocre doblada en el suelo. Pero tenía en mi casa, arrinconado, un ninjato francamente feo que me habían regalado una vez. Mi ninjato era una hoja de metal recta de unos 45 centímetros, cuyo mango no es sino una prolongación de la hoja, revestida de tela para poderla coger, sin guarda y todo el pintado en negro. Lo odiaba, porque ponía “Made in Pakistan” en letras muy grandes y blancas, pero nunca me deshice de el. Lo probé con desgana y apenas tuve que afilarlo. El acero era de buena calidad, y conseguí seccionar ramas tan gruesas como mi muñeca de dos tajos. El brazo luego me dolía, pero a eso terminé por acostumbrarme. Supongo que ambas cosas no dejan de tener cierta resonancia con los hechos que después sucederían.



Pero volvamos al libro. También nos indicaba las cosas que podíamos necesitar. Útiles de supervivencia, y a modo de guasa, recuerdo que comprobé mentalmente lo que tenía y lo que no. Durante los meses siguientes a la compra del manual, recuerdo que empecé a comprar cosas de la lista que me faltaban, aunque sin una intención expresa de completarla. Creo que fue algo inconsciente, que intentaba engañarme a mi mismo con excusas pero en el fondo yo quería protegerme. El caso es que, salvo algunas cosas francamente específicas, cuando llego el momento, lo que no tenía fue fácil de saquear o sustituir. Mi primera arma de fuego la tomé de un tipo que encontré muerto en la calle, una pistola de 9mm de un guardia civil parcialmente devorado. Me cagué en los pantalones cuando intentó agarrarme. No le había tenido en cuenta, y me había puesto a buscar su munición de reserva y si llevaba una radio en la cintura. No me volvió a suceder. Por suerte no me cogió y corrí a mi refugio con un botín valioso.

Mis primeros desplazamientos los hice en coche. Sabía que no era muy recomendable, pero tenía un especial afecto por mi Prius. Un sentimentalismo barato por un objeto que casi me cuesta la vida. Recordé que el libro recomendaba las bicicletas de montaña, pero no encontré una hasta que había pagado la tontería con semanas de caminatas a pie. Mi Prius, si es que no lo han localizado ya las patrullas de reciclaje, lo dejé abandonado en algún lugar cerca de Atienza, en la Sierra de la Bodera, provincia de Guadalajara.

Luego el libro hablaba de ciertos detalles importantes de cómo matar a los zombis, tácticas, como evitarlos, como desplazarse por un mundo infestado de zombis y donde encontrar un refugio. Aquello fue lo que me salvó. Aquello y mucha suerte. Ahora tecleo mucho más despacio que antes de la guerra. Fundamentalmente, porque me corté a mi mismo la mano izquierda, segundos antes de que fuera pasto de un zombi, que me había agarrado a través de una valla de un colegio. No le podía alcanzar, pero mi brazo era un blanco perfecto.

Aun hoy me pregunto como tuve la sangre fría de hacer algo así, yo, con lo hipocondríaco que soy y el miedo que me da el dolor. Perdí una mano pero no me infecté. Ahora pienso que la decisión fue sencilla. A veces tengo pesadillas con el ruido que hicieron los huesos de mi mano en la boca de ese bastardo. No pude mirar, no me quedé el tiempo suficiente, pero los crujidos, sonoros como chasquidos de ramas secas, aun me despiertan por la noche empapado en sudor.


El libro terminaba con consejos para sobrevivir indefinidamente en un mundo zombificado. Eso me desesperó, porque yo no estaba listo para algo así, no había hecho unos preparativos tan concienzudos. Si lo que decía el libro era cierto, me quedaban cinco años de compañeros aullantes que no pararían de perseguirme, mientras mi munición se iba agotando más y más. Hubo un momento en que casi decidí rendirme.

Aunque una vez más tuve suerte y esta vez no fue la definitiva. Todos recordamos el fracaso de la gestión del gobierno, su dejadez, los 17 planes distintos para afrontar el problema, el cierre de la frontera de Cataluña, la proclamación de independencia del País Vasco, la hecatombe de Madrid. Escuchaba algunas de esas noticias en mi radio policial. Escaneaba frecuencias y escuchaba a la gente llorar pidiendo ayuda. No podía hacer nada, y aquello me torturaba, pero lo escuchaba. Supongo que era morboso. Saber que alguien estaba peor que yo. Evité Madrid, sobre todo después recibir el “mazazo”. Me desperté en plena noche, con todo el cielo iluminado detrás de la sierra de Navacerrada.



Se supone que fue solicitado por el gobierno central a sus aliados ingleses. Nadie dimitió por no haber avisado a la población civil. Hay quien dice que en algunas radios se oían mensajes de que Madrid era seguro, pero yo no escuché dichos mensajes. Dicen los que los escucharon que el plan era atraer a supervivientes a Madrid, porque detrás les seguiría un gran número de zombis. No se si será cierto. Prefiero no pensar en ello.

Cruzar la zona norte de Segovia me dio muchos problemas. Tuve que retroceder y avanzar por las cumbres, tanto como me fue posible. El frío era terrible, pero también era un buen aliado. Y además, me dirigía al lugar adecuado, al lugar donde nació nuestra democracia. A Gredos.

Un invierno frío, un valle cercano y fértil, pasos montañosos que se pueden volar, y una extensa llanura en la que cultivar grano. El Gobierno de Salvación se asentó en Gredos y con la ayuda de la ONU conseguimos darle la vuelta a la sartén, pero por desgracia, ya habíamos perdido a millones.

Tengo una foto de cuando llegue al centro de cuarentena en Navaluenga. Me habían interceptado en la sierra, y me capturaron como a un animal, pero no culpo a los chicos de las patrullas. Miro ahora la foto y me asusta.

Mi mirada era la de un animal. No había hablado con nadie en cuatro meses. Había esquivado todo contacto humano y cuando llegué a mi objetivo, Ávila, la ciudad de mi familia, mi familia ya no estaba. Una estupidez que apunto estuvo de costarme la vida. Apenas había comido gran cosa y estaba delgado. Tenía los ojos hundidos, dos dientes rotos, la barba rala y una mano menos. En el muñón había atado con fuerza el ninjato, gracias a una cedula ortopédica que saquee y un paquete de bridas eléctricas. Perdí mi escopeta, que conseguí en una tienda de caza y pesca de un pequeño pueblo, solo diez días antes, porque no podía quedarme a guardarla ni a cargarla. Los zombis me perseguían en aquel momento. Mi cuerpo era el de un corredor de maratón.
Me miro una y otra vez y no me reconozco en la foto.
Pero soy yo y logre sobrevivir, gracias a los sabios consejos de Brooks.

Se que ahora ha publicado un libro sobre el desarrollo de la plaga, el Gran Pánico, y la lucha hasta la victoria casi final. No podemos confiarnos, pero parece que la situación se ha estabilizado. Es un libro muy interesante de leer. A veces lloro, y tengo mis pasajes favoritos que leo una y otra vez. Cuando lo descubrí en la biblioteca me impactó. Tanto, que se lo hice leer a todos mis alumnos. Y también les he hecho leer la guía de supervivencia. Algún padre argumentó que traumatizaba a los niños en la reunión entre padres y profesores, pero una mujer alta, con media cara quemada, le llamo gilipollas con tanta sonoridad que las quejas se quedaron ahí. Esa mujer fue Marta, mi vecina. Tuvo un accidente quemando los cuerpos de su marido y dos de sus hijos. El pequeño, Roberto, está en mi clase. Fue el que apago el fuego de su madre, con solo cinco años.



Me gustaría que mi hija, que esta en camino, pudiera leer también esos libros. Son importantes porque nos enseñan mucho sobre la gente, sobre nuestros gobiernos de antes de la guerra, de las personas que se supone que deberían de defendernos y como nos fallaron. Pero también nos enseñan cosas sobre nosotros mismos y de cómo nos apegábamos a cosas materiales y no a las que realmente tenían sentido por aquel entonces.
Lo importante es la gente. Lo importante es la vida.

Confío en que su madre la eduque bien. La escucho respirar con pesadez y veo como su vientre hinchado de seis meses de gestación sube y baja a la luz de mi portátil. A veces creo ver un bulto que discurre por su piel, probablemente una patada de mi pequeña futbolista.
Por desgracia yo no podré estar allí, porque… en fin.

Pasé demasiado cerca de Madrid. Eso y el viento del sur. Por eso toso sangre todas las mañanas. Ya no hay interferón ni oncólogos con equipos que valen millones. Me han dado un año de vida a lo sumo.

Pero no me lamento. Jamás pensé que viviría tanto, para ser tan feliz como soy ahora. Jamás pensé, en aquellos oscuros días, que viviría otros diez años, que haría las cosas que hice después, que me sentiría por primera vez en mi vida, tan vivo.

Gracias al señor Brooks. Desde aquí animo a todos a que compréis sus dos libros.
Por si vuelve a suceder que estemos preparados, y para que recordemos todos lo que sucedió y en la medida de lo posible, que no vuelva a suceder.

Esto ha querido ser un pequeño homenaje al estilo que Max Brooks ha impregnado en sus libros, con ese realismo sin ningun guiño al humor. No, el humor nace en ti a medida que te das cuenta de que el libro habla en serio de algo que no puede ser en serio...

Espero que hayas comprendido lo que vas a leer si compras estos dos libros...
ZOMBIE: GUIA DE SUPERVIVENCIA, Editorial Berenice
GUERRA MUNDIAL Z, Editorial


Dos de los libros mas divertidos que he leido en mucho tiempo, precisamente, por no ser nada humoristicos... Muy recomedable.