viernes, 10 de julio de 2009

Consejo infalible para ganar siempre al WiiTennis (a cualquier precio)

Querido Sobrino Gobbo:

Asumo que eres conocedor que hará dos meses que compré una videoconsola que, en realidad, no es una videoconsola.

Es un creador de tendinitis encubierta.

Hablo claro, de la Wii.

  La Wii, no se si considerarla invento del demonio, o invento de un ángel. Solo se que me tiene esclavizado una media de hora y media diaria, pero debo reconocer que la inversión ha tenido al menos por ahora su sentido. Cuatro kilos menos, y ya nunca tengo wiindinitis por jugar a mis juegos para la Wii, mayormente, de ejercicio físico. Si acaso, acabo con agujetas.

Bueno, el que viene gratis con la maquinita de marras es el WiiSport, un juego, consistente en cinco minijuegos que emulan la practica de varias disciplinas deportivas (o casi), entre las cuales, la que encuentro más divertida es el tenis.

Comenté dicha circunstancia en el trabajo, un día, y un jefe, que aunque  jefe, es de mi edad, me escuchó y se emocionó a decirme que sin tenerla ni jugar, dada su experiencia en el tenis del Mundo Real™, podría vencerme siempre y en toda circunstancia como hace con sus amigos, que también tienen la Wii, que se pasan semanas jugando y a los que machaca.

Y tu tío, claro, no se calla ni debajo del agua, y con un apretón de manos, afirmó que sus 26 años de experiencia con los videojuegos, competirían cuando quisiera con sus 10 años de Tenis Real. Y dicha afirmación vale 50€. La apuesta está aun por decidir, y cuando se cumpla el partido (al mejor de cinco sets), te mantendré informado.

Pero bueno, este muchacho empezó a explicarme, todo emocionado que existen maniobras en el WiiTennis similares al Tenis Real, como las “bananas” o bolas con efecto, dejadas y demás, y claro, como me gusta menos perder que ver la tele (y no me gusta nada últimamente… la tele la tengo solo para el DVD y la Wii), pues me puse a buscar por Internet consejos y trucos para mejorar mi habilidad en el WiiTennis, ya por entonces respetable (mis buenos 1200 puntos).

De todos los que encontré, el mejor, más efectivo y absolutamente absoluto como factor decisivo a la hora de ganar es este que reproduzco a continuación (traducción aproximada y libre).

Técnica # 1: Supergolpe de revés con efecto

Con la excusa de meterte más en la acción, sitúate cerca del lado izquierdo de tu oponente, justo antes de que se saque.

Sujeta el Wiimote con tu dedo índice ligeramente por debajo de la gatillo B y la sitúa la palma de la mano en un ángulo de noventa grados, extiende tu brazo hacia el hombro izquierdo, a modo de preparación del saque.

Balancea el brazo desde la posición indicada, de derecha a izquierda, y dirígelo al cuerpo de tu oponente.

Mientras giras el brazo, gira también la mano de manera que los botones queden hacia arriba, y aplasta el Wiimote contra la cara de tu oponente. Intenta buscar puntos vitales, como los ojos, los dientes o el puente de la nariz.

Y victoria segura.

 

Esta técnica te garantiza, que aun perdiendo, tendrás una gran satisfacción. A los malos perdedores como yo, nos encanta esta técnica. Ya estoy deseando probarla.

¿Quien se echa una partidita?

Enlaces:

Supergolpe de reves con efecto visto en lunabeam.com

lunes, 6 de julio de 2009

Yo como doblador frustrado, audiocuento y las albondigas de IKEA

Querido Sobrino Gobbo:

Lo que vas a leer, y si te place, a escuchar es un experimento que ha desencadenado una amiga de una amiga llamada Andrea, por el simple motivo de decir, que tengo voz de doblaje. Y es que no es la primera vez que ocurre tal circunstancia. Ignoro que escuchan los que me oyen, porque como todos sabéis, nadie escucha en realidad la forma en la que la voz de uno suena. Pero me hubiera encantado ser doblador.

¡No joder, hombre, de los que ponen voces!

Siempre he jugado con la voz. He hecho imitaciones desde muy niño, y algunos de mis masters se han visto obligados a soportar mi patológica admiración por Ruiditos Jones, el tipo aquel que imitaba sonidos en las películas de "Loca Academia de Policía". El caso es que me hubiera gustado ser actor de doblaje o locutor de radio. Aficionado, por supuesto. Trabajar embrutece y le quita la gracia a aquello que toca.

Y como tocaba hacer un cuento esta semana para la Fabrica de Letras, pues decidí que era el momento de hacer un pequeño experimento. Hace tiempo que quiero hacer mis bitácoras en audio. La pereza y la duda de si será realmente útil me han detenido hasta el momento, pero os usaré como conejillos de indias para saber si mi voz es soportable.

¿Y por que un cuento de psicópatas? La culpa es de Katt. Es lo menos que se puede escribir después de pasar toda una tarde con una chica que te termina llevando a merendar al IKEA, donde comes, después de haber jurado que no lo harías, unas deliciosas albóndigas, por lo baratas asumo que de señor sueco, acompañadas de una riquísima mermelada de arándanos y bebida tanta como tu vejiga sea capaz de soportar, en sabores habituales y otros no tanto, como el refresco de cerezas (¿era de cerezas?).



El caso es que mientras comíamos y nos reíamos de la estúpida situación de comer albóndigas en IKEA, me preguntó:
"¿Que has hecho en todo este tiempo que no te he visto?"
"Trabajar de lunes a sábado doce horas al dia y los domingos tomar el sol"
"Wop, parece el comienzo de una novela de psicópatas"


Novela no, pero el cuento si que ha salido.
Obvia decir que dedicado a Katt por la tematica y a Andrea por animarme, indirectamente, a hacerlo en audio.
Espero que os guste.

Se despide tu tío, Quaid el viajero.



Una escalera hacia abajo

Mucho antes de que la empresa Sonitrans Computer se asociara a Robotech Fun Technology para comercializar el primer gato robot (todavía no el modelo Freud), hubo una vez un niño muy, muy guapo, que se hizo pis en la cama hasta los catorce años y nunca tuvo amigos.

Pero no le hacían falta, porque este niño siempre tuvo a su papá, que le quería mucho. Su papá era un buen hombre, trabajador y honrado, un bombero respetado por la comunidad por haber sido capaz de criar solo a su hijo, desde que la mamá del niño muriese al caer accidentalmente la televisión en la bañera.

Lo primero para el papa de Mario, que así se llamaba el niño, era la felicidad del niño. Lo despertaba por las mañanas, lo vestía, le daba el desayuno, lo desvestía cuando volvía de la escuela, lo bañaba y le daba muchos, muchos besos.
Incluso cuando el niño le suplicaba que no lo hiciera.

En el sótano de la pequeña casa de madera.
Al final de la escalera por la que Mario solo recordaba descender.
No había ascenso por aquella escalera.
Trece escalones de madera vieja que crujía.
A cada paso de su papá, a cada crujido, se acercaba más a la bañera, que no era una bañera limpia y con un patito. Estaba sucia, llena de polvo y con manchas verdes de musgo decorando sus bordes como una greca.
A cada paso de su papá, a cada crujido, se acercaba más a la cama. A la otra cama. La cama especial. Donde siempre se dormía, por mucho miedo que tuviera. Donde se dormía y nunca despertaba, porque cuando despertaba, ya estaba en su cuarto y ese día no podía ir a la escuela porque se encontraba mal.
Mario se encontraba mal a menudo.
Mario odiaba esa escalera, y el crujido de cada paso, las manchas verdes de la bañera y el olor como de gasolinera que tenía la cama especial.

Mario se volvió solitario. Quemaba cosas y provocaba pequeños incendios. Sentía un cosquilleo en la punta de su colita cada vez que sentía que le podían pillar haciendo algo malo. Y le gustaba aquello.
Otro día vio a un pajarito caído de la rama de un árbol. Indefenso, aleteaba huyendo torpemente de él, cosa que no conseguía. Mario cogió una gran piedra y la dejó caer sobre el animal, que explotó como un tomate podrido. Pasó toda la tarde curioseando el interior del pajarito, examinando sus órganos con deleite. Con los años vinieron más animales, cada vez más grandes.
Después murió el papa de Mario, un par de años antes de que Mario fuera a la universidad. El papá de Mario no dormía bien y tomaba pastillas. Una noche, las tomó con demasiado alcohol.
El papá de Mario era un hombre que siempre estaba contento. Siempre bebía.

Mario fue a la universidad con excelentes notas. Consiguió un buen trabajo y se casó. Y fue entonces cuando cometió el único acto bueno de toda su vida. Cuando supo que su mujer se había quedado encinta, la empujó.
Por una escalera, claro.
De trece escalones, por supuesto.
Y es que sabía que su papá, lejos de estar muerto, vivía dentro de el, y si su hijo nacía le daría muchos besos. Demasiados. Y así su padre pasaría a su hijo y sería inmortal.
La mujer y el hijo de Mario murieron, por fortuna para todos, aunque no sin dolor.

Mario siguió matando animales para ver como eran por dentro. Pajaritos, gatos, perros, perros grandes.
Y hubo un día en que recogió a un autoestopista. Estaba borracho. Era viejo. Le recordaba a su padre. Iba de camino a la vieja casa, aislada ya en una zona olvidada, donde la civilización huyó en busca de un lugar más apiñado, ruidoso y moderno. Invitó al hombre a pasar la noche. El hombre aceptó. Comieron juntos, bebieron juntos y después lo golpeó. Con una botella muy gruesa de brandy que no se rompió. Sin embargo, el cráneo del viejo si hizo un ruido como de madera seca. Mario tuvo una erección, y a cada paso que bajaba por la escalera, recordaba los susurros de su padre. Similares a los que musitaba el viejo en sus brazos.

A Mario lo habían confundido en ocasiones con un humorista famoso de los viejos tiempos.
Pero Mario nunca hizo reír a nadie. Jamás.
Solo en aquel sótano, al final de los trece escalones con forma de escaleno de la escalera que solo bajaba, infundía a la gente sensaciones profundas.
Sensaciones que no olvidaban jamás.
Claro que "jamás" era poco tiempo en aquel sótano.
Aquella vez y otras doce más.


Enlaces:
Saben mucho mas que yo de la comida de IKEA en el sitio del que he "robado" la foto que ilustra el artículo. Pasaros por www.ikeando.com y os ilustraran debidamente sobre el emporio Sueco. Y no solo sobre su comida.