lunes, 5 de octubre de 2009

El Misterio del Colgante de Jade

Querido sobrino Gobbo:

No es que exista ningún misterio en realidad, pero el título estaba demasiado fácil como para desaprovecharlo. Tiene un regusto a película de aventuras de los sesenta o a una historia de Fu Manchu.

Y tampoco es que me lo haya preguntado tanta gente. Apenas media docena, como mucho, en el tiempo que ha pasado desde que dicho colgante se ha convertido en inquilino permanente de mi cuello.

Se trata de un colgante que compré en China, en mi viaje realizado en 2007. Su apariencia es la de una monedita China, con el grabado femenino de las cuatro casas de los vientos por ambos lados. Curiosamente, de los dragones gemelos que tendría que presentar una de las caras no hay ni rastro. Su material es el jade, o eso pienso yo, y pende de una resistente cuerdecita roja, que en tiempos, estaba unida a todo un entramado de cuerdecitas que formaban el collar. Desgraciadamente, el uso, la roña y el sudor hicieron aconsejable que se cambiara antes de que el desgaste hiciera que lo perdiese, y ahora pende de un collar de cordón negro hecho por mi mismo, siguiendo el patrón del anterior, pero mucho más sencillo. Minimalista. Japonés digamos.

Y como quiera que este mundo vive de la imagen, este es el colgante en cuestión.

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Ahora vamos al hecho que significa para mi. La fecha esta bien clara en mi memoria, 7 de marzo de 2007. Estábamos en Pekín por tercer día en el comienzo del periplo que nos llevaba por China durante 15 largas jornadas. Y la mañana la tenía monopolizada una visita a la Gran Muralla y a una factoría de porcelana. Las factorías no fallaban jamás.

La visita a la Gran Muralla se realizaba en una zona al norte de Pekín. Dice la tradición que Mao la visitó una vez y se dispuso a subir a la torre de vigía situada en lo alto de un monte. Dicho tramo está compuesto por una escalera que remonta 800 metros en 2000 de subida. Es decir, una pendiente salvaje del 40% de promedio. Promedio, porque hay zonas de descansos en llano, incluso en cuesta abajo.

Bueno, Mao llegó a la tercera de las siete torres, y en vista de lo que le quedaba por delante, dijo que el que llegase a la tercera (a la que el había llegado) era un héroe. Te venden una plaquita abajo para conmemorarlo. Naturalmente, esta gente no pierde comba a la hora de desequilibrar la balanza comercial.

En aquel viaje iba con Sergio, con Rafael, y dos amigos gallegos, Xuán (que por motivos de salud se quedó abajo del todo) y Fernán, que subía en cabeza cual cabra. Al principio todo iba bien. Éramos jóvenes, lucía el sol y un tonificante frío (había nevado) nos animaba a dar lo mejor de nosotros mismos.

En la tercera torre me cagaba yo ya en Mao y su madre y todos lo héroes de la revolución cultural. Me ardían los pulmones, me faltaba el aire, tenía amago de calambres en las piernas. Pero los demás seguían, y bueno, había un repecho más tolerable. También tenía mi orgullo como batería adicional. Seguimos un poco.

En la quinta torre, contemplaba sombríamente la pendiente por la que habría de descender. Y digo sombríamente, porque estaba pensando si no sería mejor ahorrarme sufrimientos y lanzarme de cabeza o directamente empujar a Sergio y Rafa por haberme medio obligado a seguir, y así aterrizar en blando.

Era la quinta torre y yo me rajaba. Me daba la vuelta. Me rendía.

Rafa, que estaba tan reventado como yo, me animó a seguir. Además, Sergio y Fernán descendían ya, anunciándonos que lo que quedaba era mucho más llevadero y que el honor de haber subido hasta arriba era algo que luego se podría llevar con orgullo. Me dejé convencer, a pesar de que preferiría ser muerto de un disparo allí mismo.

¿Lo conseguí? Bueno, oigamos lo que al respecto tiene que decir el Quaid de las Navidades Pasadas (no exactamente, es una referencia a Dickens y a lo trágica que está quedando esta crónica).


Ver La Torre de los Heroes en un mapa más grande

Bueno, para que os deis cuenta del sufrimiento padecido, ni sabía las torres que llevaba. En el video dije nueve, pero os garantizo que son solo siete. También se puede alegar a la falta de oxígeno. En serio, para subir aquí tendrían que poner un campo base para la aclimatación.

Descender fue fácil, aunque algo peligroso. El resbalón por la nieve acumulada era un peligro cierto, pero no teníamos prisa. Para mi sorpresa, el tiempo fue más que suficiente. Hasta sobró algo.

Abajo hicimos unas cuantas fotos y miré con orgullo el lugar alcanzado. Luego fuimos a la factoría de porcelanas, pero allí me quedé prendado del colgante en cuestión. Recuerdo que también compré unas bolas de la salud de ojo de tigre (y digo bolas de la salud, porque si digo bolas chinas, las mentes de cochambre se ponen a funcionar al momento). Y el colgante saltó a mi cuello con tal fecha y jamás lo he quitado de el más de una o dos horas en el tiempo transcurrido.

No le di mucha importancia en su momento. Pero en si mismo siempre me recuerda esa jornada, y aunque la lección no la aprendí inmediatamente, y que no la he seguido incluso después de haberla aprendido, creo que poco a poco me ayuda a pulir mi carácter. Porque de aquella jornada saco algunas conclusiones fundamentales.

  1. La primera es que cuando creo que ya no puedo más, es cuando estoy a punto de conseguirlo.
  2. La segunda, que no hay nada que no pueda conseguir si me lo propongo. Parece de libro de autoayuda, pero cada vez estoy más convencido de que en esta vida todo es cuestión de constancia. Los que triunfan son los que siguen intentándolo cuando todos los demás han renunciado por una u otra razón.
  3. Y la tercera y más importante. Sin amigos no se llega muy lejos.

Un abrazo a Sergio, Rafa, Fernán y Xuán.

A vosotros va dedicada esta bitácora.

P.D. La crónica de la epopeya, la puedes leer donde en su día se publicaba "Querido Sobrino Gobbo", en Templo de Hecate. En concreto aquí, aquí, aquí, aquí y aquí.

6 comentarios:

Hecate dijo...

Reconóceme que mis inintermitentes comentarios están contribuyendo en gran medida a que tus entradas vuelvan a ser fluidas en el tiempo.
!¿Qué añadir?!
Un viaje increíble el tuyo y una proeza no ménos increible.
Curioso que, con lo fácil que es admitir que la constancia lleva al éxito, sea tan difícil aplicarlo a la práctica. Se nos olvida demasiado a menudo que el que consigue todo a la primera (y todos hemos pasado por eso) deja de darle valor al trabajo, que es realmente lo que a la larga vale.

Muakas!

tito Quaid dijo...

Si, reconozco que sentir que no eres el unico que lee tus parrafadas incita a que se escriba.

Gracias por dejar constancia (aunque se que lo lee mas gente).

Hecate dijo...

es que los demás son unos cobardes... como usted en el mio... ¿o creias que el que de repente me apareciera cierto bicharraco azul en seguidores iba a descubrirme algo nuevo?
Ains...Releyendo la entrada... jopetas... que duro es a veces tirar pa'lante y echarse unas risas en el camino...

Ónalom dijo...

Ole, ole, y ole, que grandes sois, para gente que no hace mucho deporte es una proeza, incluso yo que mas o menos hago deporte, creo que me sería muy dificil llegar hasta la septima torre.

Bueno david. Me alegro de que lo consiguierais, para mi sois todos heroes...

Un abrazo.

Xavi Gracia (Fiber) dijo...

No será pa tanto...

annatolutti dijo...

oii hacia muxo que no te comentaba tu bitacora cariño pero en vdd esta entrada es hermosa alaaa me encanto!!!! y lo que aprendiste fue maravilloso deberias escribir un libro de autoayuda digo si cohelo pudo tu por que no.
un besito cariñoo