lunes, 15 de marzo de 2010

Esos animalitos repugnantemente adorables

Querido sobrino Gobbo:

El fin de semana tocaba hacer visitas en Zaragoza. Ir a disfrutar de la hospitalidad de Andur y María, recuperar las charlas extrañas con Katt, llevar algún regalito, comer por ahí, ver películas y entrenar un poco a Jugger. Un poquito al menos.

No fue un fin de semana especialmente memorable por razones que no vienen al caso, pero se cruzo por medio un minino.

Un anime dedicado a un gatito recién nacido, Chi, que es rescatado de la calle por una familia después de extraviarse de su madre y hermanos, y de como la familia, a pesar de los inconvenientes y problemas que tener un gato les causa, y causará, deciden quedarse con la monería de animal.

Los capítulos duran apenas 3 minutos, y eso contando la canción del comienzo y los títulos de crédito. Deja apenas 2 minutos y medio para las desventuras del pequeño animal y sus papás adoptivos, lo que hace que esta serie linde con el terreno de la tira cómica, con un lenguaje centrado en la ternura, la inocencia y un mundo donde lo más terrible que puede pasarte es que te lleven al veterinario.
Es fácil sentarse a ver un capítulo detrás de otro y perder la noción del número de ellos que has consumido, feliz como Chi después de una comida abundante. Ver Chi no exige demasiado, solo un poco de condescendencia. No pretende enseñarnos nada, solo mostrarnos el periodo de aprendizaje de un gato a vivir con humanos, de una forma divertida. Tanto más divertida para los que hemos tenido un gato en casa, porque no paramos de decir,
"Ey, eso lo hacía mi gata",
"La mía hacía lo mismo",
"Al mío le gustaba más jugar con las faldillas del cuarto de estar".

Sin darme cuenta, en un fin de semana, había contemplado ya 57 episodios, más de la mitad de la primera temporada. Duele más el hecho de que me llevó a desear tener un gato, pero mis leucocitos son demasiado susceptibles. Si hay una alergia a la que tengo más rabia, es la alergia a los gatos.

¿Y porque son tan adorables los gatos? Contemplémoslos por un momento.
Los gatos son arrogantes. Si no les prestas atención, se enfadan. Pero también si les prestas demasiada atención.
Son vengativos. No importa lo mucho que se quieran dueño y gato, siempre terminará arreándote un zarpazo, por la cuestión más peregrina.
Son egoístas, interesados, manipuladores y no se les puede educar más allá de sus propios instintos.
¿Que hace entonces a estos malvados seres ser prácticamente los amos del mundo? (por no hablar de Internet).

Supongo que tiene que ver con su elegancia. Su limpieza también hace bastante. O puede que nos divierta, sencillamente, observar una maldad suave como la de los gatos. Quizás nos hace más tolerables otras maldades. O puede ser en realidad, que como reza el dicho, el hombre no domesticó al gato… sino que fue el gato el que domesticó al hombre.

Yo personalmente, y por las mencionadas cuestiones médicas, soy más de perros, aunque no tenga ninguno. Son incontestablemente más inteligentes. La gente tiende a confundir el servilismo de un perro con falta de inteligencia, y no es así. Solo es una aplicación diferente. El perro es gregario, el gato es independiente. Por eso no tengo un perro, porque exige una atención casi constante, y es algo que no puedo darle. Mientras que un gato, más que una mascota, es un compañero de piso.
Uno gorrón, añadiría,
pero el típico gorrón que cae bien a todo el mundo.

Y sin otro particular, esperando que disfrutéis de la serie que os he recomendado, se despide tu tío, Quaid el viajero.

P.D. Dedicado a una amiga amante de los gatos que está pasando un mal momento. Ánimo.

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